SOBRE LA NECESIDAD DE ALZAR MAPAS

La lectura es una declaración de independencia. No por casualidad, educar significa, etimológicamente, “sacar de un lugar”, y ese lugar es la ignorancia, la férrea ignorancia. En el país de los ignorantes, hay territorios perfectamente marcados, en que todo se hace y deshace para mayor gloria de quienes saben hasta dónde llegan las cosas cuando la persona no lee con asiduidad y cuidado; esas personas hábiles logran entonces hacer pasar por buenos libros infumables, mamotretos medievales que combinan santos y brujas, historias secretas que mueven el mundo y cuentos para dementes. Que la razón es una forma de ética (y que no hay ética que no sea razonable) se evidencia en esos libros que llenan las portadas de los periódicos, que mezclan a Galileo con la Virgen María, a sectas paranoides con el Vaticano, a María Magdalena con Leonardo. Y podría seguir hasta el infinito.

Como la lectura debe ser educada, al igual que la forma de reparar un coche o el modo de guisar la ternera, hay que dar por sentado que cada uno es libre de leer lo que le apetezca, pero que cada uno, por eso mismo, tiene que saber que lee ficciones, y que hay ficciones de mayor calidad que esos libros, ficciones a las que llamamos, para abreviar, literatura. Por eso, las declaraciones de independencia como la lectura educada y libre, la que nos hace mejores personas, son una forma de hacer mapas de la realidad, mapas del presente. Formas de elaborar mapas a mano alzada.

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